Cuando tenía 3 o 4 años, mi mamá nos llevó a la escuela a mi hermana y a mi. Como mi hermana entraba a las 8:00 porque iba a la primaria y o a las 9:30, por ir en maternal, kínder o preescolar, llegamos más temprano.
Mi hermana no era la niña más disciplinada en una escuela ya pseudo anárquica, en la que toda la falsedad de la libertad, igualdad y fraternidad se reflejaba en el comportamiento de niños que ahí iban, quienes además de no respetar a ningún "igual", excedían la crueldad de cualquier otro menor. Debido al comportamiento de Chu, mi madre había sido citada para conversar con los profesores a las 8:00-8:30. Así que me dejó esperándola en el hall.
Me dijo: "Aquí, mi amor, espérame aquí: voy a regresar por ti y te voy a pasar a dejar yo misma a tu salón".
Al terminar la reunión, mi madre salió rápidamente a su trabajo y me dejó sentada por horas. No recuerdo cuántas, hasta que René, el prefecto de la primaria, un joven alto, moreno y muy muy delgado, a quien recuerdo con un suéter verde y pantalones de mezclilla deslavada (muy a la moda a finales de los 80), me dijo: "vamos a tu salón. Tu mami ya no va a llegar".
"Se te olvido tu propia hija", le reclamé a mi madre al llegar a casa. A la distancia, creo que fue una advertencia de mi futuro y el inicio de una complicada relación con mi progenitora. Crecería para ser una mujer olvidadiza. Desesperantemente distraida para algunos.
Este será mi retro diario y un pretexto para ir conociendo el enredado mundo de los blogs.
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