
El 12 de diciembre de 2003, o 4, ya no recuerdo bien, me atropelló un taxista en Insurgentes, esquina con Francia, donde ahora reposa un millonario Starbucks. En aquella época, no había ni cafetería, ni Metrobús. La verdad me fue bien, mi madre se encargó de hacerme fuertecita. Supongo que tuvo una premonición cuando se le volteó su Renault en el Periférico estando embarazada de mí, a mediados de 1982. Sí, como ustedes, los dos lectores que tengo, han de saber mi fatídica historia con vehículos con más de una rueda, no voy a abundar en eso.
Lo que quiero compartir es que pasé poco menos de una década sintiendo pavor cada vez que tenía una bici en las manos y más de dos coches a mi alrededor. Hace casi un año, gracias a la persistencia de mi hermana, la influencia de la ecobici, y muchos factores más, decidí tomar el manubrio de mi vida y regresar al ciclismo urbano. Por mucho, la mejor decisión de mi vida.
Es normal en mí tomarle cariño a las cosas, y hasta ponerles nombre a algunas: Trompas, el dálmata de peluche con el que duermo en los brazos desde que tengo memoria; mis coches, como Pepe, Pointercito o Chevito (todos terminaron hechos chatarra); hasta Tazota, la primera propiedad que adquirí en mis múltiples mudanzas; Mus, el imán en forma de alce, que debido a mis descuidos y borracheras terminó sin cuernos (debería agradecerme, jajaja); Chulo, un perro-alebrije que me regaló un Mainer entrañable como oferta de paz. La lista podría continuar hasta que mi defectuosa memoria se diera por vencida. De todos, Bicle, mi bici, herencia en vida de mi padre, es lo mejor que me ha pasado en estos últimos años de constante incertidumbre.
Bicle estuvo de adorno en mi depa de la Independencia. Mejor dicho: de perchero, hasta que se le desinflaron las llantas y Diego, AKA mi minimí, llegó a sarlvarla. Todos los ocho nefastos meses que viví en un depa de mierda, ahí estuvo Bicle, paciente, inamovible, soportando los escándalos de mis vecinos cubanos, el drama de la muerte de Chanto, mis 24454353 inquilinos temporales, la llegada, partida y rasguños de Tá, mis pedas de buró. Ahí estaba Bicle, recargada en una ventana que mantenía sellada, esperando su momento, sobre un frío azulejo, barato y feo. Ahí, mi adorada bicicleta de montaña esperaba que perdiera el miedo de enfrentar el tráfico de esta hermosa y caótica ciudad.
Llegó Diego, y como el papá de Britney Spears, cuando tomó la custodia de los hijos de la princesa del pop, se la llevó a terapia: la arregló, la limpió, se enfrentó a mecánicos manchados, etc.. La dejó como nueva, como cuando, a principios de los dos miles, la recibió mi papá, con una sonrisa de niño, de regalo de navidad.
Después de mudarme a la Roma y acomodar y reacomodar todos mis muebles, herencia de una vida cómoda, hacer contratos, los cuales incluían compromiso con cualquier ser masculino que quisiera una relación, contratar cablevisión y firmar una tarjeta de crédito.
Después de deshacerme de muchos demonios, un día, decidí volver a montarla, volver a sentir la adrenalina de la calle, y tolerar los claxons de automovilistas impertinentes, y no me arrepiento.
Bicle, es un objeto, soy consciente, pero me ha dado mucho. Me dio la posibilidad de establecer rutinas, las cuales son mi único apegoal día a día, de la realidad. Bicle me ha permitido hacer ejercicio y disfrutarlo. Sí, acepto que de niña era Mowgli; me trepaba por donde podía. Literal, entre mis historias raras, terminé un día en Los Perros, Estado de México, escalando una pared y viendo a otro escalador caer 20 metros y romperse la madre. Bicle me quitó ese miedo. Bicle me recordó que, si bien he abusado de lo fuertecita y masicita que me hizo mi madre, aún tengo dos brazos y dos piernas que se mueven a mi gusto y voluntad.
Ahora disfruto más mis extremidades, después de que me dijeron que pude haber quedado parapléjica, en mi segundo gran accidente. Estos brazos toman el control del manubrio de mi vida. Descubrí que soy zurda en la bici, que, en escasos 4 kilómetros de esta ciudad que recorro, camino al trabajo, son capaces de controlar mi recorrido.
Bicle no es perfecta, me ha dado sorpresas y sustos. El último fue cuando su oxidado manubrio se hizo chicloso en medio de Av. Nuevo León. Pero, hasta en eso, Bicle o el destino, o mi dios, Indio (Indio, are you there? It's me, Mariana), me echaron la mano. Sucedió a dos cuadras de mi mecánico favorito en la condes, un tipo mamón a morir, pero honesto y empático. "Ahora, ¿qué te pasó, Marianita?" me preguntó al verme llegar con el manubrio en la mano, y, como de costumbre, al borde del llanto. Le conté que Bicle me dejó varada.
Desde que Minimí se mudó a Bajío, mi depa, Bicle pasa las noches a la intemperie, feliz de recibir el cobijo de una lona para camioneta que le compré cuando empezaron las lluvias.
Será mi imaginación o mis ganas de pasar un día más en bici, pero cada vez que la destapo a las 6:30, me recibe con una gran sonrisa y luces prendidas diciendo: "¿vamos, vamos, me sacas a pasear?".
Demonios, creo que necesito un perro en mi vida, buenas a todos.
